Cómo desestabilizar el mercado del arte

Por: Roberta Bosco y Stefano Caldana | 13 de mayo de 2013 – Entrada original en EL PAÍS

“The Value of Art” una instalación interactiva de Christa Sommerer y Laurent Mignonneau (Foto: DAM Gallery).

¿Y si un lienzo pudiera generar su propio precio? ¿Y si hubiera una forma más pragmática para establecer el valor de una obra de arte? Christa Sommerer y Laurent Mignonneau han intentado contestar a estas preguntas con The Value of Art (Unruhige See), una irónica instalación interactiva, formada por una serie de pinturas clásicas, cuyo valor cambia en relación al interés que generan en el público. La célebre pareja de artistas, pioneros del arte interactivo y las interfaces inusuales, reavivan con esta obra el viejo, pero siempre actual debate sobre el valor y el precio en el mundo del arte: ¿cómo se establece?, ¿en base a qué fluctúa?, ¿quién lo decide y otorga?

Por el momento sólo una de las obras de la colección de The Value of Art se ha sometido al dictamen del público, primero en la DAM Gallery de Colonia, una galería alemana muy activa en el campo de los nuevos medios, luego en el ZKM Center for Art and Media de Karlsruhe y ahora, hasta el 9 de junio, en el festival de arte digital Les Bouillants de Vern-sur-Seiche (Bretaña) en Francia. Se trata de un lienzo de un correcto, pero mediocre pintor de la década de 1950, llamado Hansen, que representa un mar en tormenta. Sommerer y Mignonneau lo compraron en una casa de subastas en Viena por 425 euros y su precio ha alcanzado ya los 14.000 euros. “Este es el importe por el que efectivamente se vendería si algún comprador lo reclamara”, explican al Silicio los artistas, que han planteado un inédito sistema de valoración, cuyo objetivo es poner de manifiesto y a la vez cuestionar, cómo a menudo los precios de las obras de arte acaban siendo incomprensibles.

Volviendo a la pieza que se expone en Les Bouillants ¿cómo ha conseguido llegar a esta extraordinaria cotización? A su precio inicial de 425 euros Sommerer y Mignonneau han sumado unos 380 euros para dotar la tela de una interfaz interactiva, formada por unos sensores que miden el tiempo que cada espectador permanece delante de la obra. A esto han añadido 74,70 euros de gastos y 1.200 euros como honorarios para su trabajo en la concepción del proyecto y la realización de la interfaz interactiva, alcanzando así un total de 2.078,70 euros. A partir de esta cifra cada vez que la pieza sido expuesta su valor ha ido aumentando de un euro por cada 10 segundos de observación por parte del público, hasta alcanzar los actuales 14.000 euros. Además para subrayar la vertiente cada vez más mercantil del mundo del arte, el lienzo ha sido dotado de un aparatito que le permite imprimir un largo comprobante, que detalla su valor en relación al interés que ha ido generando en el público durante las exposiciones.

Detalle de “The Value of Art” de Sommerer y Mignonneau (Foto: DAM Gallery).

Esta es sólo la primera pieza lanzada al circuito expositivo de la colección de The Value of Art, que los artistas de origen austriaco y francés han producido interviniendo sobre lienzos de autores desconocidos, previamente adquiridos en subastas públicas. Entre las demás obras, la única que destaca es una pintura abstracta de Arnulf Rainer, el conocido artista austriaco, apropiacionista avant la lettre, célebre por sus repintes, intervenciones y enmascaramientos de ilustraciones, fotografías y pinturas ajenas. Su precio, como el de todas las demás piezas de la colección, no alcanza los 3.000 euros, porque ninguna ha sido todavía expuesta al público.

Piezas de la serie “The Value of Art” de Sommerer y Mignonneau.

Evidentemente hay mucha ironía en el trabajo de Sommerer y Mignonneau, unos artistas que a lo largo de 20 años han desarrollado piezas fundamentales de la historia del media art. Con The Value of Art quieren “impulsar una reflexión sobre las dinámicas, a menudo incomprensibles, de las subastas y el mercado del arte”.
Relevancia y atención en términos de historia del arte, son los componentes más importantes para definir una obra maestra y su valor monetario. El propio interés que genera una obra se puede incluso considerar una nueva moneda, un valor de cambio, en una sociedad basada en los medios de comunicación y las plataformas sociales. La cantidad de atención conseguida por una obra de arte podría, por tanto, estar directamente vinculada con su valor económico”, concluyen.

La idea de Sommerer y Mignonneau no es del todo descabellada a la luz de algunos dados estadísticos, difundidos recientemente en la red por los responsables del Google Art Project, una iniciativa que se propone acercar el arte más tradicional y las pinturas de los grandes museos al público de todo el mundo, a través de Internet.

En un post difundido en el Google Blog el pasado 15 de abril, día del nacimiento de Leonardo da Vinci, una fecha que ha sido convertida en el World Art Day, Google anunció que dos años después de haber lanzado el Google Art Project, La noche estrellada (The Starry Night) de Vincent van Gogh es la obra más admirada en Internet. Una reflexión que establece un puente con el análisis de Sommerer y Mignonneau, evidenciando como el interés hacia una obra se podría perfectamente considerar uno de los elementos que contribuyen a determinar su valor económico. El estudio además demuestra que en Internet, con el interfaz digital del Google Art Project, que permite observar los lienzos con una resolución mucho mayor que la del ojo humano en una visita presencial, la gente suele dedicar una media de un minuto para admirar una obra, mientras que distintos informes afirman que en un museo tradicional se suele estacionar delante de una obra una media inferior a los 20 segundos (los estudios más pesimistas aseguran que la mayoría no supera los 9 segundos).

Sommerer y Mignonneau no son los primeros artistas vinculados con los nuevos medios, que abordan esta reflexión. Entre los posibles ejemplos, destaca Tape Recorders, una instalación interactiva de Rafael Lozano-Hemmer, producida en 2011 para su retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de Sidney en Australia.

La instalación calcula el tiempo que cada espectador pasa delante de ella y consiste en una hilera de flexómetros pegados a la pared, que se activan cuando alguien entra en la sala, deslizándose por el muro. Si el público permanece en la sala, las cintas métricas no pueden dejar de crecer y finalmente, por su propio peso y longitud, acaban desmoronándose ruidosamente en el suelo. Tras la catarsis, con un silbido casi imperceptible, vuelven a enrollarse en sus cajitas, a la espera de las próximas visitas. Mientras todo esto acontece bajo la mirada casi siempre asombrada del público, un contador, que imprime comprobantes en papel térmico como una caja registradora, contabiliza el tiempo que los asistentes han permanecido en la sala.

“Art-O-Meter” (2006) de Marcelo Coelho.

Sin duda en este campo un precursor fue el artista brasileño Marcelo Coelho, investigador del Media Lab del MIT. Convencido de que la acelerada transformación de nuestra sociedad y de los parámetros que la rigen, obligan a revisar los sistemas de evaluación, aún más cuando se trata de valorar algo tan subjetivo como una obra de arte, Coelho creó en 2006 el Art-O-Meter, un pequeño aparato, que mide la aceptación e interés del público para una obra en base al tiempo transcurrido delante de esta, en relación al tiempo total que queda expuesta. Paradójicamente, el invento que había sido concebido como una herramienta para la valoración objetiva del arte, terminó por convertirse en una obra y como tal se presentó en diversas exposiciones.

Volviendo a la información de Google sobre el tiempo cada vez más reducido, que los visitantes pasan delante de una obra en los museos, el Gemeentemuseum de La Haya y la Kunsthal de Rotterdam presentaron a finales de 2012 Museum Minutes. Time and energy for art, una exposición concebida para incentivar el público a contemplar una obra con más detenimiento de los escasos segundos, que según las estadísticas, le dedican en media. En Museum Minute, el visitante puede aprovechar el tiempo de observación de la obra para hacer su sesión de jogging en una cinta de gimnasio o descasar en una cómoda butaca, escuchando música. Tan sólo debe permitir que un contador calcule su tiempo de permanencia delante de piezas de artistas como Andy Warhol, Willem de Kooning, Frank Stella, Georg Baselitz y Michael Najjar, entre otros.

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