La Bohème de los gusanos

Por: Roberta Bosco y Stefano Caldana | 09 de mayo de 2013 – Entrada original en EL PAÍS

“Microscopic Opera” de Matthijs Munnik se expone en el European Media Art Festival (EMAF).

¿Pueden los microorganismos ser también performers? Probablemente no, pero convertirlos en tales es lo que se ha propuesto el joven artista holandés Matthijs Munnik con Microscopic Opera, una instalación interactiva para gusanos.
El proyecto ha sido desarrollado gracias al Artist & Designer 4 Genomics Awards, un premio de producción que pretende estimular el mestizaje entre los artistas y el mundo del bioarte, a través de temas como la sostenibilidad, la bioinformática y la conservación de los recursos, promovido por la Waag Society, junto con las instituciones Netherlands Genomics Initiative (NGI), el Centre for Society and Genomics (CSG) y el Naturalis Biodiversity Centre.

La pieza de Munnik, que el pasado mes de marzo ganó también los 10.000 euros que concede el festival de arte digitales Prix Cube de París, se presenta hasta el 24 de mayo en la sección expositiva de la 26ª edición del prestigioso European Media Art Festival (EMAF) de Osnabrück, en Alemania.
Para ser científicamente correctos, los protagonistas de la instalación son unos Caenorhabditis elegans, inofensivos organismos de no más de un milímetro de longitud, que suelen vivir inadvertidos en la tierra. Sin embargo, a pesar de ser unos perfectos desconocidos para la mayoría de la población, se trata de unos de los organismos más populares en los laboratorios científicos y médicos de todo el mundo, por su versatilidad en las investigaciones genéticas y especialmente en la genética del desarrollo. Sidney Brenner, el primero que descubrió las potencialidades de estos gusanitos recibió nada menos que el Premio Nobel por sus hallazgos.

Caenorhabditis elegans, el “nematoda” performer de Matthijs Munnik.

La instalación Microscopic Opera se compone fundamentalmente de cinco placas de Petri, unos pequeños contenedores de laboratorio en forma de disco, en los que viven unos ejemplares de Caenorhabditis elegans, cuyos movimientos, capturados y ampliados a través de microscopios, son proyectados en unas pantallas grandes. Simultáneamente un software desarrollado por Munnik, interpreta en tiempo real cada movimiento de los gusanos, generando una composición cuyas sonoridades imprevisibles y siempre variables resultan muy parecidas a las de una ópera.

¡Es cierto! Ya estamos otra vez con el tema de los animales y la tecnología, un polémico binomio tan frecuente que se puede definir indisoluble, por la regla de los dos opuestos tan diferentes que finalmente se atraen. Podemos prever las tradicionales quejas de los puristas que nos acusarán de no entender lo que es arte. Sin embargo, como demuestran las cuevas de Altamira y Lascaux, los animales son presentes y recurrentes en las prácticas artísticas, desde el arte rupestre del Paleolítico, así que no debería resultar extraño que también los nuevos medios se quieran medir con este tema.

Si queremos debatir, en nuestra opinión mejor sería centrarse en el arte contemporáneo más tradicional, donde a menudo los animales se han convertidos en victimas sacrificales para lograr un determinado efecto visual y desatar la polémica en los medios de comunicación. Para mencionar algunos ejemplos, tan sólo hace falta recordar destacados artistas como Maurizio Cattelan, Jan Fabre o Damien Hirst con sus ardillas, caballos, cucarachas, gatos y tiburones descuartizados y embalsamados.

Lo que nos parece más fascinante de las nuevas tecnologías es el papel innovador que se otorga a los animales de esta suerte de bodegones digitales, un ámbito donde no se premia lo estático (mejor dicho lo momificado) y el paradigma se basa en participación y vitalidad. No es un caso que VIDA sea también el nombre de un prestigioso concurso, organizado por Fundación Telefónica, que cada año en Madrid reparte cuantiosos premios entre los más innovadores proyectos tecnológicos basados en conceptos y técnicas de vida artificial.

A lo largo de tantos años de Ciberp@is y ahora con el Silicio, hemos aprendido a reconocer los animales como respetadas y cuidada mascotas de artistas y parte integrante y viva de sus obras.
Es el caso de Javier, Pablo y Catalina, las caracolas mensajeras de Boredomresearch, del burro tecnológico de Cristian Bettini, de la conejilla fluorescente de Eduardo Kac o las más recientes moscas tuiteras de David Bowen.

El significado del trabajo de Matthijs Munnik se debe buscar en su afán por descubrir inéditas cualidades en estos gusanos, célebres por ser el primer organismo multicelular cuyo genoma se pudo secuenciar por completo. “Fue absolutamente asombroso descubrir que estos gusanos se mueven de una forma completamente distinta en relación a sus características genéticas. Algunos se mueven en espiral, otros en rodillo y los hay incluso que se convierten en obesos mórbidos a causa de una mutación”, explica Munnik. Precisamente por este motivo el artista ha creado una instalación con cinco placas de Petri, que le permiten mantener separados los organismos que se mueven de forma distinta. Luego el software, desarrollado también por el artista, mezcla en tiempo real los sonidos en que se han convertidos los movimientos de los gusanos, proporcionando a sus vidas una nueva vertiente teatral y performativa. “Son performers, inconscientes de serlo. Para estos organismos, los científicos son como dioses que les controlan la vida hasta su última división celular, en cambio yo he intentado darles la posibilidad de desempeñar un papel real y mucho más cercano en nuestras vidas”, concluye Munnik.

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