Hasta el infinito y más allá

Por: Roberta Bosco y Stefano Caldana | 03 de diciembre de 2012 – Entrada original en EL PAÍS


¿Es posible enviar tweets al espacio? y sobretodo ¿por aquellos lares habrá alguien capaz de encontrarles un sentido? Estas y más preguntas deben haber pasado por la cabeza de las personas que el pasado 21 de septiembre asistieron a Tweets in Space, la más reciente performance de Nathaniel Stern y Scott Kildall. Los dos creadores, que han contado con el apoyo económico de numerosos miembros de la comunidad artística, han llevado a cabo un envío masivo de tweets al espacio y más precisamente al GJ667Cc, un exoplaneta a 22 años luz de distancia de nuestro mundo, cuyas condiciones sugieren que podría albergar vida parecida a la terrestre.

La irónica performance, que contó el soporte técnico del National Geographic, tuvo lugar en Alburquerque (Nuevo México), durante la última edición de ISEA (International Symposium on Electronic Art) y fue todo un éxito. Gracias al desarrollo de un sofisticado sistema tecnológico, denominado RocketHub, la acción consistió en la transmisión radio de más de 1.800 tweets en 30 minutos, compartidos a través del hashtag #tweetinspace.

Más allá de la voluntad de contactar con unos improbables alienígenas para darles a conocer toda la actualidad terrestre sobre política y cultura popular, el proyecto hace hincapié en la reflexión alrededor de la comunicación en la era de las redes sociales.

El espacio está atrayendo cada vez a más artistas, casi una reedición creativa de la carrera espacial, cuarenta años después del célebre enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, a finales de la década de 1960.
El mes pasado en el Silicio publicamos la iniciativa del Colectivo Espacial Mexicano, que con el proyecto Ulises I pretende lanzar al espacio en breve el primer satélite artístico. Este sobrevolará la Tierra emitiendo durante tres meses una selección de obras sonoras, que se podrán escuchar por radio en la banda ciudadana, es decir la porción de frecuencia destinada a la libre comunicación.

Con todas las complicaciones técnicas y burocráticas que se deben superar para lograr una hazaña de este tipo, el Colectivo Espacial Mexicano ha sido anticipado por el periodista y destacado artista multidisciplinar de Nueva York, Trevor Paglen, que el pasado 20 de noviembre ha sido el primero en lanzar desde una base de Kazajstán rumbo al espacio, un satélite para las telecomunicaciones que llevaba en su interior una obra de arte.

El proyecto, bautizado The Last Pictures, revela claras reminiscencias de las iniciativas promovidas en la década de 1970 por el científico y astrónomo estadounidense Carl Sagan.
Sagan realizó unas placas, que fueron lanzadas con las sondas espaciales Pioneer X y XI, que contenían algo parecido a un mapa básico de nuestra ubicación en el universo y algunos datos más sobre la vida en la Tierra. Después de las Pioneer, Sagan volvió sobre el tema con el célebre Sounds of Earth, un disco que acompaña las sondas espaciales Voyager, recopilando mensajes, sonidos e imágenes de la Tierra.

The Last Pictures, que ha sido patrocinado por la organización Creative Time, es un disco de silicio recubierto de una capa de oro, destinado a perdurar millones de años sin deteriorarse, que lleva grabadas cien fotografías, representativas de la vida en la Tierra hoy en día.
Paglen ha realizado la selección de las imágenes con la colaboración de científicos, filósofos y antropólogos, eligiéndolas en bases de datos públicas, trabajos de artistas y bibliotecas. La construcción del artefacto, que está ahora viajando alrededor de la Tierra en una órbita geoestacionaria junto con el satélite, ha sido llevada a cabo por el artista en los laboratorios del MIT de Massachussets, con la participación de Mason Juday, un diseñador de Berlín.

A diferencia de las sondas Pioneer y Voyager, que están viajando hacia el infinito, el archivo de Paglen está destinado a permanecer en órbita alrededor de la Tierra a unos 36.000 kilómetros de altura. Lleva consigo la memoria de lo que somos y es algo así como un mensaje en una botella para la humanidad del futuro. No podemos adivinar lo que será de nuestro mundo en unos miles de años, ni siquiera que pinta tendrán nuestras puestas de sol y entornos naturales. Como la mayoría de satélites que orbitan alrededor de la Tierra y, terminado su tiempo vital, acaban convertidos en chatarra espacial, que en un momento determinado puede regresar a la atmósfera terrestre, también The Last Pictures volverá. Nadie nos asegura que quedará alguien para recibirlo, lo que sí es cierto es que este disco podrá atravesar la atmósfera sin demasiados desperfectos y convertirse en un mensaje lleno de recuerdos de lo que fuimos.

El tema de chatarra espacial, que sigue orbitando alrededor de la Tierra, es otro tema de candente actualidad. Los seres humanos no nos hemos conformado con la tierra y los mares, hemos conseguido convertir en un vertedero también el espacio más próximo a la atmósfera terrestre, llenándolo de restos de cohetes, satélites y desechos que, además de ser un peligro real para el futuro de las telecomunicaciones, a largo plazo pueden llegar a amenazar nuestra propia seguridad.
Para intentar sensibilizar la opinión pública sobre esta problemática, Lynn Cazabon y Neal McDonald, han creado Junkspace, una aplicación gratuita para iPhone, que funciona en ámbito expositivo también como una vídeo instalación.

Las funcionalidades de la aplicación son muy simples. Tan sólo hace falta ejecutar Junkspace y apuntar hacia el cielo con el dispositivo para que instantáneamente en la pantalla vayan apareciendo unos escombros, que empiezan a desplazarse muy lentamente. Siendo imposible obtener documentación fotográfica de la chatarra espacial, la iconografía de la aplicación utiliza comunes desechos tenológicos para representar los restos de satélites y cohetes que están orbitando alrededor de la Tierra y, en base a la posición del observador, aparecen en su dispositivo cuando están transitando justo encima de su cabeza. Lo sorprendente es que es casi imposible encontrar la pantalla del dispositivo vacía, una prueba más de que nuestro espacio exterior ya ha sido convertido en un basurero espacial.

Tocando los objetos que aparecen en la pantalla, se despliega una ficha con los contenidos adicionales: los datos relativos al nombre del objeto o fragmento que estamos observando, sus funcionalidades originales, su país de origen y también el día de su lanzamiento. Todas estas informaciones proceden de los archivos de la NORAD, una organización norteamericana que, entre otras tareas de tipo militar, estudia y clasifica los escombros espaciales y su localización.

El título del proyecto es un homenaje al arquitecto Rem Koolhaas, quien acuñó el término Junkspace en un ensayo de 2002 y por Lynn Cazabon y Neal McDonald representa “el espacio de la obsolescencia o el limbo donde los objetos tecnológicos residen después de que su tiempo útil se haya agotado”.

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