Hagan el amor, no el arte

Por: Roberta Bosco y Stefano Caldana | 12 de marzo de 2012 – Entrada original en EL PAÍS

Destruir obras de arte no es un hecho ocasional o una novedad en la historia del arte contemporánea. La iconoclasia define unos actos en contra de las costumbres de un pueblo y el rechazo de una cultura, ocasionado por cambios políticos, invasiones y prevaricaciones. Desde las inolvidables imágenes de la demolición de las estatuas de Lenin, Marx y Stalin en los territorios comunistas, hasta la más reciente destrucción de las estatuas de Saddam Hussein en Iraq a mano de las tropas americanas y de los budas del valle de Bamiyan en Afganistán. Todos, de una forma u otra, son actos de connotación violenta, que se nutren del odio y el deseo de revancha, cuyo fin es la anulación de una ideología política o religiosa.

La misma historia del arte y en particular modo del arte contemporáneo se nutre de gestos destructivos. Pueden ser actos compulsivos, de individuos en busca de notoriedad u obsesionados por determinadas obras o artistas, que quieren reivindicar su posición en contra del orden establecido, pero también procesos de destrucción controlada concebidos como eventos conceptuales y actos creativos. Desde las célebres telas rasgadas de Lucio Fontana, la chatarra retorcida de Rauschenberg, las prácticas del grupo Fluxus y las autolesiones de los accionistas vieneses, toda la historia del arte está plagada de experiencias que contienen en su interior el germen más o menos desarrollado de la destrucción. Entre los casos más recientes nos gusta recordar Cristina Lucas y su vídeo performance donde, cual fuerza de la naturaleza, destruye a martillazos una copia del Moisés de Miguelangel.

Pero ¿qué significa destruir lo digital? ¿Cómo se puede destruir una obra de net.art? ¿Cómo puede desaparecer un trabajo que por su propio soporte, Internet, es ubicuo y se puede replicar hasta el infinito?

A estas y más preguntas intenta contestar el artista esloveno afincado en Hamburgo, Igor Štromajer, pionero del arte en Internet y uno de los creadores más prolíficos y reconocidos de este ámbito, con obras en las colecciones de importantes museos de arte contemporáneo. Irreverente, imprevisible y polémico, Štromajer empezó a crear obras expresamente para la Red en 1996, convirtiéndose en uno de los ejes de la naciente escena del net.art. En 2001 recuperó su vertiente de performer, inaugurando Ballettikka Internettikka, una serie de acciones en las cuales transformaba en una insólita danza en tiempo real, el código html que se utiliza para programar las páginas web. Cerebral y provocador, a lo largo de 15 años, Štromajer se ha ido forjando una sólida trayectoria artística con obras que mezclan sensualidad y nuevas tecnologías en irónicas metáforas del significado de intimidad e identidad en Internet.

Todo eso hasta el verano pasado, cuando el artista destruyó prácticamente toda su producción de net.art, 37 obras creadas entre 1996 y 2007, en una performance bautizada Expunction, un término cuya etimología oscila entre ejecución y destrucción, que se desarrolló a lo largo de algo más de un mes. La acción generó un encendido debate, en el cual muchos artistas del medio se comprometieron a acoger las obras para preservarlas de la amenaza de destrucción de su autor. También se reflexionó sobre el significado de un acto que Štromajer justificó como necesario e inevitable, ya que la rápida evolución tecnológica no le permitía seguir manteniendo obras cuyo resultado estético y formal había sido ya definitivamente transformado por el cambio de la tecnología que se utiliza para acceder a Internet.

Este tema ya se debatió cuando empezaron a surgir las primeras dificultades en la conservación de las obras digitales, que implicaban problemáticas inéditas, como la necesidad de conservar no sólo las obras, sino también los equipos informáticos de la época para que éstas pudieran ser visualizadas de la manera correcta. Por absurdo es como si hablando de pintura, evolucionaran nuestras facultades ópticas y ahora mirando una tela de hace 50 años, viéramos algo con características, colores y dimensiones distintas.

Tras mantener un ritmo de destrucción de una obra cada día, a finales de junio de 2011, Štromajer hizo desaparecer de su servidor-laboratorio Intima Virtual Base 37 obras, de las que ahora sólo quedan las descripciones y los archivos originales descargables en formato comprimido, más que nada una reliquia y una documentación informática del código de la programación original. Las únicas obras que se han salvado son las que escapan al control del artista, porque están almacenadas en los servidores de los museos que las han adquirido como el Centro Pompidou de París o el Reina Sofía de Madrid, entre otros.

Por el artista, el proceso de Expunction ha sido “completamente natural” y le permitió reflexionar sobre temas como la temporalidad y la estabilidad de las obras de net.art. Sin embargo, su voluntad destructora parece haberse nutrido de un cierto deseo de revancha contra un sector del mundo del arte y una historiografía, que siempre tardan más de lo necesario para enterarse y apreciar los procesos creativos atípicos y experimentales. En unos años, tal como ha pasado con otros movimientos como el arte povera, los museos tendrán que invertir ingentes presupuestos para recuperar todo lo que está desapareciendo de la red y que probablemente constituye lo que se considerará la génesis del arte futuro.

De toda forma Štromajer ha sido fiel a sus criterios y convencimientos de que “quien crea, programa y construye arte, puede también desprogramar, deconstruir y borrar”. Según explica, “Expunction no ha sido un acto agresivo o destructivo, sino más bien una manera de volver sobre el ritmo natural de las cosas: nacimiento, vida y muerte, que se repiten cíclicamente de forma natural. Las memorias existen a menudo para traicionarnos y no sólo para describirnos. Una memoria que no ofrece una imagen realista del pasado del que habla, es sólo una imagen fraudulenta. Las obras de arte eliminadas o los fragmentos que quedan, porque la dispersión y la fragmentación de la World Wide Web no permiten su eliminación, nos dicen mucho más acerca de las obras de arte originales, que los propios originales”.

Ahora Štromajer ha vuelto a empezar y hasta el 16 de marzo el centro de arte Aksioma (Aksioma Project Space) de Ljubljana en Eslovenia presenta Make Love, Not Art, una muestra que reúne la memoria del proyecto Expunction y las nuevas provocaciones del artista.
Dado que no era posible exhibir obras que ya no existían ha decidido presentar objetos que representan su vida después de Expunction y, fiel a sus lemas, como lo fue el célebre Free your mind the rest will follow, ahora Make Love, Not Art tiene que ver exactamente con el lado más carnal de la exhortación.

En los últimos tres años estoy intentando no hacer arte. Creo firmemente que el más alto valor artístico de mi trabajo reciente es la ausencia de arte. Estoy intentando crear arte sin crearla. Mi misión es no crear arte o, para ser más preciso, hacer arte sin hacerla. Creo que esta es la acción artística más radical que puedo hacer hoy en día. No he investigado aún este campo lo suficiente para estar satisfecho con mis resultados, porque hacer arte, sin hacerla no es una tarea fácil… es un trabajo duro” concluye.

Con estas premisas lo que se exhibe en la exposición Make Love, Not Art se asemeja más bien a una escena de crimen policial, donde bajo el indiscreto ojo de una cámara de vigilancia el público deambula observando objetos fetiches, personales y íntimos de la vida del artista. Por ejemplo medias de mujer usadas, que cuelgan del techo del espacio en grandes sobres de plástico, como los que se utilizan en las investigaciones para conservar pruebas de delitos. Todos estos objetos están catalogados con los nombres de sus propietarios y datos sobre sus relaciones amorosas y sexuales. Además de estos objetos fetiches, en las paredes se proyectan distintos vídeos, desde la documentación de 0.HTML, la primera pieza de net.art de Štromajer de 1996, hasta audiovisuales en blanco y negro muy desenfocados, que se presentan en tabletas LCD, con escenas eróticas y sensuales, aunque no explícitas, procedentes de trabajos de juventud, y hasta un vídeo de una chica haciendo el amor con un ordenador… o más bien, destruyéndolo.

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